Ordesa y Benasque en tres días de verano

Para los que nos gusta la montaña, aunque no seamos extremadamente aventureros ni el turismo de nieve nos excite, los meses de verano son buenos para pasear, recorrer y disfrutar de lugares como al que nos vamos a dirigir hoy. No teníamos muchos días pero la opción de los valles de Ordesa y Benasque, en el Pirineo Aragonés, nos atraía demasiado. Por ello, vamos a hablar de un viaje de dos noches, casi relámpago, pero que vivimos con mucha intensidad y con la emoción de encontrarnos ante paisajes estremecedores con el agua como protagonista y pueblos tremendamente bellos.

Acceso a Torla de noche

Día 1. Torla-Ordesa

El camino hasta Torla, una de las puertas de entrada del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, se convierte en una delicia, sobre todo desde que en Fiscal nos encontramos con el río Ara, que nos guiará paralelo a la N-260. Una vez superado Broto, de gran encanto, la carretera se vuelve sinuosa y pronto nos encontraremos con una estrecha carretera que, con el Ara en el margen derecho, nos llevará directos hasta la bella localidad de Torla.

Su casco histórico conserva la arquitectura típica del Pirineo. Te encantará perderte por sus calles, descubrir su iglesia y castillo del siglo XIII con una característica torre que puede ser la que dé nombre a la localidad (torre=Torla) y divisar el valle desde lo alto con el rumor del río Ara haciendo las delicias de nuestros oídos. Por la noche, sus calles y rincones ofrecen un encanto especial siempre con la torre de la iglesia como elemento más característico.

Para adentrarse en el Parque Nacional, en los meses de verano y Semana Santa no se permite el acceso en vehículo privado. Desde el Centro de Visitantes del Sector Ordesa situado a la entrada de Torla y desde donde se obtiene una buena panorámica del skyline de la localidad, se toma un autobús que por 4,5 euros que lleva y te trae muy cómodamente y con relativa frecuencia horaria.

Vista de Torla-Ordesa desde el Centro de Visitantes. Arriba, calles de Torla.

El camino hacia la Pradera de Ordesa, desde donde parten todas las rutas y senderos, es fascinante. El día soleado y sin una sola nube en el cielo azul de Ordesa ofrecía una brillante estampa de todo lo que se presentaba ante nuestros ojos. En el trayecto coincidimos con un grupo del Imserso cuya guía, que parecía tener pocas ganas de visitas, instaba a los viajeros a no moverse mucho de la Pradera porque “estaba todo seco”. Nada más lejos de la realidad. El río Arazas, que baja desde los 3000 metros, forma a su paso caídas y cascadas de gran belleza, incluso en pleno mes de julio.

El río Arazas en primer término con el Pico de Gallinero al fondo.

Llegados a la Pradera de Ordesa, nos decidimos por una ruta circular de dos horas -básicamente porque era la que por tiempo nos podíamos permitir-. Lo cierto es que, aunque nos quedamos sin llegar a las célebres Gradas de Soaso (para otra ocasión), pudimos caminar entre bosques de hayas y abetos, cruzarnos con el barranco de Cotatuero que baja desde el circo del mismo nombre y disfrutar de unas espléndidas vistas en el mirador de la cascada de Arripas en el punto en el que la ruta se desvía para regresar a la zona de inicio. Más adelante, a nuestra izquierda, nos topamos con la cascada de la Cueva y la del Estrecho que el río Arazas forma de manera consecutiva en su descenso, formando una hermosa imagen para nuestras retinas. Ya de regreso, atravesamos el río Arazas por un puente sobre la cascada de Arripas que antes habíamos observado desde la parte más alta de la senda. A partir de ahí, el camino transcurre por el margen izquierdo del río, siendo testigos en todo momento del magistral reflejo del sol sobre el imponente Pico de Gallinero (2.752 metros) en pleno atardecer. A través de la Senda de los Cazadores llegamos nuevamente al punto de inicio.

Río Ésera a su paso por Benasque

Día 2. Benasque

Poco más de 100 kilómetros separan Torla de Benasque, el segundo destino de este viaje express por el Pirineo aragonés. De camino (buena parte del mismo por la N-260), se atraviesan bellas localidades como Aínsa -donde haremos una parada técnica al día siguiente de regreso- o Campo, aunque lo mejor del viaje es el cañón del Ésera, el cual nos encontramos poco antes de abandonar la nacional para subir hasta Benasque, y donde el río y la carretera luchan por hacerse con un espacio en el que convivir. La vía se hace estrecha entre inmensas paredes verticales. Un espacio sobrecogedor que se presenta como la mejor carta de presentación del río que nos acompañará en esta segunda parte del viaje.

Benás, en el dialecto patués o aragonés benasqués, nos recibe con llovizna. La capital histórica del valle de Benasque se encuentra a 1.140 metros de altitud y rodeado por montañas de más 3.000 metros de altitud. Su casco histórico conserva un aire a otro tiempo con edificaciones de cierto valor arquitectónico como el Palacio de los Condes de Ribagorza o Casa Juste. En nuestro paseo observamos numerosas casas señoriales con sus escudos heráldicos y restos renacentistas y góticos.

La lluvia y el tiempo inestable no cesan por lo que la ruta programada al Forau d’Aigualluts tiene que ser suspendida. Sin embargo, por la A-139 que desemboca en Llanos del Hospital aparecen diferentes opciones para caminar y empaparse (valga la expresión) del Parque Posets-Maladeta. Este Parque constituido en 1994 alberga el mayor número de cumbres que superan los 3.000 metros del Pirineo, entre ellos los 3.404 del Aneto, el pico más alto; así como nada menos que trece glaciares con más 95 lagos de origen glaciar e infinidad de cascadas con el Ésera como eje vertebrador.

Río Ésera a su paso cerca del Hotel Turpi

Elegimos el sendero Gorgas de Alba, que sale cerca del Hotel Turpi y con un itinerario circular de poco más de dos kilómetros envuelto en bosques de tejos, pino negro y haya, y con numerosos arroyos y caídas de agua que hacen aún más especial este recorrido que solo se complica por la amenaza de tormenta. Este sendero recorre parte del antiguo camino que unía al Reino de Aragón con el sur de Francia por el valle de Benasque.

A lo largo del camino sobrecogen las vistas que ofrece el sendero, con una primera parte en la que se remonta una pequeña zona rocosa. Todo está perfectamente señalizado y habilitado con pasarelas en algunos puntos. Destaca el mirador Gorgas del Alba, a mitad de ruta, desde donde la vista del agua descolgándose de las inmensas paredes rocosas es absolutamente maravillosa.

Para reponer fuerzas después de la ruta, subimos hasta aquel edificio solitario que se observa a 1.700 metros de altura y que, a día de hoy, se encuentra cerrado. Baños de Benasque era el balneario más alto de España aunque su estado no era el ideal. La falta de inversión ha provocado que un establecimiento histórico en el valle haya tenido que cerrar sus puertas. Y es que al entrar allí, te dabas cuenta de que alguna reforma era necesaria. Instalaciones obsoletas y arcaicas que le han condenado al cierre. Aquel café con aquellas espléndidas vistas siempre estará en nuestro recuerdo.

Entrada al Hotel Baños de Benasque
Olla Benasquesa

De noche por Benasque, paseando por sus calles y acompañando al Ésera en su cauce por la localidad, nos da la hora de cenar y lo que tocaba era degustar la olla benasquesa. Se trata de un plato que, para los amantes de la cuchara, se convierte en una obligación probarlo antes de marcharte. Viene a ser una receta similar a la olla aranesa de la que ya hablamos en capítulos anteriores por la Val d’Aran.

Día 3. Regreso y visita a Aínsa

En Benasque nos alojamos en el Sommos, un hotel spa donde nos encontramos muy cómodos y pudimos relajarnos en su piscina climatizada. Qué decir del desayuno donde no faltaba de nada para cargar todas las energías necesarias para afrontar el viaje de regreso a casa. De bajada y de paso, nos detuvimos en Aínsa. Uno de los pueblos más bonitos de España lo es con todo merecimiento y se convirtió en el complemento perfecto a este viaje relámpago por el Pirineo oscense.

De la villa medieval de Aínsa nos vinimos con lo imprescindible para darnos cuenta de que haría falta otra incursión más adelante. Su Castillo Fortaleza te recibe nada más dejar el coche en el parking disuasorio que hay a las afueras. La Torre del Homenaje destaca sobre el resto, siendo hoy utilizado como centro de visitantes y museo. Tras recorrer sus muros y admirar su patio de armas, nos adentramos en la plaza Mayor, con unas dimensiones que hablan de la importancia que tuvo la villa siglos atrás y con sus porches laterales como elementos más característicos.

Si desde la plaza Mayor desciendes por la calle Santa Cruz te encontrarás con la iglesia de Santa María de Aínsa, un templo románico de bella factura del siglo XI y XII que merece la pena visitar. Asomarse a cualquiera de los miradores que caen de las calles de Aínsa hacia el río Cinca es otra de las cosas que no puedes dejar de hacer. A nuestra espalda, por el otro lado, llega el río Ara al encuentro del Cinca. Aquel Ara que nos guió hasta Torla-Ordesa y que ahora, siendo cortés, nos acompaña hasta la despedida de una tierra apasionante, cargada de historia y que en el futuro seguiremos descubriendo.

2 comentarios sobre “Ordesa y Benasque en tres días de verano

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